lunes, 14 de noviembre de 2016

DIECINUEVE






Richard siente demasiado el peso de la noche en la que no tiene acceso a su antigua cuenta de facebook. Ni acceso a los amigos ni a la piel de una muchacha que lo comprenda. Solo le queda su soledad y sus papeles de colores con versos garabateados. Ninguno lo convence. Son de una simpleza horrenda y le parecen ridículos. Debe podar, cortar, limar. Lee una entrevista y guarda este fragmento:
“No lo hagas, hombre. Siéntate debajo de un árbol y olvídalo y bebe vino conmigo… Phill Whalen y Gary Snyder y todos los vagabundos de San Francisco. No intentes ser un gran profesor de Berkeley. Sé sólo un poeta bajo los árboles…. Y pelearemos y romperemos las reglas.” Bien, en verdad nada interesante salvo que lo conecta con sus antiguos y perdidos principios. Hoy vago por el centro de la Vieja Ciudad. Camino dejándose arrastrar por las calles repletas de personas apuradas, bajo hasta la avenida Tacna y después se fue directo a 2 de Mayo. En el óvalo un viejo brujo lo detuvo y le preguntó su edad y su signo. "Entonces eres autosuficiente, te gusta ir bien vestido, eres orgulloso, creído. Y duro, si me pagas un sol te leo las cartas" Pero todo su dinero ya lo había gastado. Richard sabe que lo básico es tener billete en el bolsillo para pagarse, por ejemplo, una cerveza que tanto desea esta noche. Más allá de la certeza de que con trabajo puede solventarse sus vicios y su escritura no tiene nada fijo. Ayer después de encontrarse con un viejo amigo del barrio, subirse a su carro, tomarse unas cervezas y fumar mariguana regresó mamado a su habitación y empezó a borrar todos los estados de su cuenta de facebook. En los audífonos revienta la música clásica de Mozart y no hay nada que reviente sin embargo su corazón: Richard está sujeto a escribir cosas por impulso y mareo, por un arrebato erótico, como quién sopla con fuerza un saxo. Obviamente, que debe trabajar en su ritmo. Y caminando después de ver al brujo se fue a la universidad de su antigua mujer. Caminar a esas horas por la vieja ciudad sin dinero en el bolsillo y con muchas ganas de todo era insoportable. Llevaba una chompa negra de cuello de tortuga, una casaca jean y su viejo pantalón negro dril.

Entro como pendejo, como si fuera su casa, lo que en realidad es y se fue paseando entre salones, uno tras otro, pasó de largo por el primer piso dónde estaban un grupo de muchachos leyendo sus fotocopias o mirando su laptop, un aburrimiento total, comiendo en el táper sus alvertitas partidas. No la encontró en el primer piso. Tuvo que subir al segundo, dar vueltas de salón en salón hasta que la encontró.

Estaba realmente preciosa, como siempre, una ostra en medio de la galaxia de aburrimiento. No supo que otra cosa hacer que detenerse como un orate y mirarla. Ella no volteaba, ella estaba cerca de la entrada y el necesitaba verla. No hoy, sino desde hace miles de siglos. Y después de eso, subió por la misma avenida hirviendo de sol, de combis, de jóvenes que salen de los colegios y compran su ceviche en las esquinas. Se metió a un internet, como si se tratará de un hotel, y por cincuenta centavos tecleo un poema largo y fluido que guardo en su cuenta de gmail.

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