miércoles, 9 de noviembre de 2016

Uno

UNO

Hace varias noches Richard sigue la misma rutina. Cuando todos se quedan dormidos, apaga la luz de su cuarto y busca su sobre de mariguana. Demora un poco buscando el encendedor, suele encontrarlo donde lo dejó: en un cajón del escritorio. Se sienta en la cama y mira por la ventana, las rejas sucias y negras de la ventana, el cielo sin nubes azul pálido, la noche, y arroja la primera calada al aire vacío.
Pasan las horas.
Se aburre de chatear con sus amigos en internet. No sabe ya que hacer. Pasa de una a otra página web como si buscará algo perdido. No encuentra nada y sigue merodeando. Ingresa al Facebook. Conversa con una amiga que escribe poemas. Le acaba de mandar tres archivos de Word al Gmail. Los abre, los lee, le inquietan algunos versos, lo subraya con amarillo, otros le parecen válidos e incluso algunos admirables.
Richard se para, camina a la ventana, mira la jarra de vidrio con las flores de bordes rojos, y coloca la pipa en la boca, debajo rasga un palito de fósforo y acerca la cabeza al fuego.
Es una donde aparece un viejo regeman sentado a lo largo del tubito.
Cuando finalmente se aburre de chatear con sus amigos por internet, apaga la vieja máquina y se tumba en la cama. No puedo mirar al techo porque ahora ve lo que sus ojos dibujan ¿qué dibuja la película que sus ojos proyectan? Primero se imagina a sí mismo siendo muy popular, ¿cómo sería su vida si fuera, por ejemplo, Vargas Llosa? ¿Escribiría muy temprano en una mañana gris frente a una lluvia insípida y oscura? ¿Sí fuera Mario Montalbetti tendría más autoconfianza para seguir su dizque carrera de poeta? Se aburre de sí mismo y se odia. Se queda callado, odiándose. Después mira, en la oscuridad, sus dos brazos huesos, casi esqueléticos, con las venas hinchadas. Siente pena de su cuerpo, de sí mismo, de sus brazos delgados como antena de televisión. Siente asco de volver a almorzar ají de gallina pero tampoco es que pueda exigir mucho porque no trabaja.  Ya tiene 24 años y no ha terminado la universidad. No tiene amigos. Solo una amiga, la poeta, con la que tira cada cierto tiempo.
Se acomoda de un lado a otro en la cama, no sabe cómo exactamente quedarse, su mente ya cambió de ruta y ahora se piensa caminando a la casa de su antigua enamorada, con un lápiz en la mano, y mientras tanto va moviendo la mano y aparecen seres deliciosos, todos se van esfumando, vuelve a su estado aburrido e insoportable. Se fija la hora: 2 y 30 a.m.

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