Tarde, muy entrada la madrugada, Richard se queda revisando los facebook de los demás. En algunos va de foto en foto observando qué imagen de sí mismos convocan, regresa, llega a otros. Recuerda a sus amigos y busca su facebook, ingresa al de un amigo que hacía décimas. Revisa sus fotos, encuentra fotos que no conocía de él donde aparece tomando cerveza con coca cola junto a otros poetas. Ayer, cuando llegaba de ver a su Amiguita A, no pudo contenerse las ganas de ir a buscar a su ex. Pasó por su casa, recorrió las calles y no pudo seguir porque un perrazo empezó a ladrarle. Cuando pasó por la casa de su ex observó como habían crecido afuera las hojas del jardín, eran del tamaño de las orejas de un elefante, también vio los vidrios oscuros y unos insectos hechos de metal a manera de adorno.
Regreso y se sintió vacío. Supo, sabe, qué detrás de cualquier acción, sea chupar o fumar mariguana o leer un libro siempre regresa a la misma conclusión de su vida: vacío. Un vacío que nada puede cerrar, a menos que asuma ya un tipo de obligación siente profundamente que todo lo que hace se ve mermado por su insignificancia frente a sí mismo y frente al cosmos. Cuando anoche hacía el amor con la muchacha pelirroja y miraba como en su rostro se perdía mientras el placer deformaba su rostro sintió lo mismo que hoy al despertar. Ella fue muy amable, le preparó un chocolate dentro de un vaso de porcelana y también subió el volumen de una banda chilena. Se desnudo. Sintió su sexo amargo y sucio, eso le bajó el lívido. Después de hacer el amor se aburrió profundamente, no quería estar en su casa ni en su cama y tampoco podía irse. Ahora piensa que sí pudo irse rápido alegando cualquier cosa. Pero no quiso incomodar. Cuando se marchó ella puso el píe en la puerta y le pregunto si en verdad mañana iría a la mariguaneada bailable. Él argumento que sí para salir del paso, prendió su celular, iluminó los peldaños y se fue bajando las escaleras oscuras. Se metió en la boca un hals rojo y apresuró los pasos en la avenida Chimú, doblo como quién va para Puente Nuevo y, pasando debajo del túnel, le pareció ver un sobrecito enmicado de mariguana. Se detuvo, deteniendo también a un hombre gordo y mareado que lentamente dobló el rostro y lo miró regresando al lugar del sobre. No era nada. Solo un pedazo de celofán. Vio los hoteles. Muchas veces, junto a su ex, habían pasado las noches tomando vino y haciendo el amor en los hoteles que se alzan alrededor del Puente Nuevo. Visitaron varios cuartos, primero con miedo y vergüenza, después con ganas de saber cómo eran por dentro. Recuerda lo pésimo y gracioso que era su forma de hacer el amor, y recordando esto pensó lo doloroso que sería verla a ella ahí con otra persona. Así como él estaba haciendo, de la misma manera ella lo haría y pensar esto le retorció el corazón. Subió al micro y se dio con la sorpresa de que el hals todavía estaba por terminarse, lo mordió y se quedó chupando los restos que le quedaron atrapados en los dientes.
La noche empezó en el taxi del enamorado de su tía. Atrás iba la abuela mirando por la ventana, así como el que miraba los últimos colores del cielo vacío, como él mismo: un azul, por ratos rosado, se abría en el aire seco y miraba las casas de pinturas sucias, todas envejecidas como su propio corazón. Toda la urbe dónde vivía hace años se había abandonado, como él a sus sueños de estar con la persona que más amó en el mundo y de ser un ciudadano responsable. Richard sabía que conversar consigo mismo de esto y de otros motivos no llevaba a nada, mirar era una responsabilidad consigo mismo, no con otra persona. Y empezó a conversar con el enamorado de su tía. Es un moreno, buena gente, que trabaja taxeando y le empezó a contar sobre sus trabajos, cómo una vez le pagaron 900 soles por hacer un viaje hasta Cañete. Comentaron de Uber, un sistema para trabajar haciendo taxi, y de lo difícil que era sacar licencia de conducir porque al inicio uno se pone nervioso. El tráfico recién empezaba a crecer dentro de la pista de Evitamiento. Era horrendo como todos los días de seis a siete de la tarde las pistas quedaban abarrotadas de buses, camiones, autos chicos y grandes, con los rostros de cadáveres dentro mirando por las ventanas todos apretados.
Llegó a la misa del tío fallecido la semana pasada. Vio de largo a su familia de parte de mamá sentada en las bancas. Se ubico junto a su abuela. Ella lloraba poniendo un trozo de papel higiénico en sus ojos y él pensaba lo chiquita que en realidad se veía. Era una niña que había perdido a su hermana. El padre de la iglesia era amable, lento, pensó en cómo seria su vida, miro a una de las hermanas que hablaba, una señora morena que tenía una voz de bonito timbre, y a otra hermana, más gordita de lentes y de voz graciosa, muy simpática, que empezaba los cantos. Estaban sentado delante de los hijos y la esposa del tío fallecido. Ellos estaban junto a sus hijos. Eran idénticos. Recordó con gracia como su ex los llamaba los tortuninjas.
Afuera la noche ya estaba construida y se miraba la iluminación titilante del alumbrado eléctrico en los cerros. El cielo era un azul tajante, y repleto de nubes plomas. Muchas veces lo habían comentado, pues se hablaba mucho de un terremoto, cómo harían esas personas para bajar por los cerros en ese caso?
En la casita del tío difundo, sentados bajo la luz de dos gordos focos de luz blanca, empezaron a repartir bocaditos, primero papitas y después dieron café y galletas con relleno de paté. Richard se sentó junto a su primo el abogado. Él estaba muy enternado y su figura era altiva, la de un soldado que alza el rostro ante las adversidades. La velada continuo y compraron cervezas, armaron el círculo, la noche prometía borrachera.
Richard se fue acompañado de su primo el abogado y de otro primo al paradero. Iban conversando de Dragon Ball Z, de los nuevos capítulos que el primo abogado no dejaba de mirar y que explicaba que eran fascinantes.
Subió a un micro y se fue de 30 de Agosto, como es que se llama el distrito dónde vivió hasta hace poco su tío, el finado.